El blog de Jesús Cotta


Nació en Cártama (Málaga) en 1967. Estudió la carrera de Filología Clásica. Desde hace años reside en Sevilla y actualmente imparte clases de Filosofía y Griego en el IES Martínez Montañés de la capital hispalense. Publicó sus primeros poemas en la revista Nadie parecía. Es autor del ensayo Topicario. Arpones contra el pensamiento simple (2005), así como de las novelas Las vírgenes prudentes (2005) Ulises y las sirenas. El dilema de la infidelidad (Paréntesis, 2009) y Manual de ayuda contra los libros de autoayuda (La Isla de Siltolá 2011), Teresa, mon amour (Mono Azul Editora, 2008), una selección de textos de santa Teresa de Jesús, y Rosas de plomo. Amistad y muerte de Federico y José Antonio (Stella Maris, 2015), primer premio Stella Maris de Biografía Histórica. Asimismo, ha publicado los libros de poemas A merced de los pájaros y Menos la luna y yo. Como aforista ha publicado Cometario (La Isla de Siltolá, Sevilla, 2015) y ha participado en las antologías de aforismos Las cosas que no son. Los aforistas y Dios; Fili Mei. Los aforistas y la paternidad; Una idea con su vuelo. Los poetas y el aforismo; y Juega o muere. Los aforistas y lo lúdico. También ha sido publicado en la revista digital El Aforista y en el Anuario del Aforismo Español.


¿Qué es un tópico?

Igual que hay frases hechas, hay ideas hechas, y no me refiero a refranes, proverbios o giros, sino a los tópicos.                  

Un tópico es una idea hecha y fácil y, por tanto, es fósil, estéril, no facilita la reflexión, pero gracias a una combinación resultona de conceptos (paralelismos curiosos, contrastes, antítesis, aparentes contradicciones, supuestas pruebas, falacias enmascaradas…) es resultona para mentes poco exigentes o para la prisa y para salir al paso en tertulias de bajo vuelo. No me refiero a los tópicos literarios (Beatus ille, ubi sunt, vita flumen…), porque estos se saben tópicos y, desde luego, no son estériles, sino lo contrario; ni a los cinematográficos (por ejemplo, cuando el prota sufre un golpe tremendo de la vida y le da por romper los muebles de su cuarto y luego se deja caer y se echa a llorar). Yo voy a hablar de los tópicos de las conversaciones.

Decir “La tierra es plana” o “La tierra es redonda” o “No por tener la regla se corta la mayonesa” o “El hombre ha ido a la luna” no son tópicos por más que la gente los repita, sino afirmaciones y creencias que el conocimiento ordinario o científico pueden más o menos rebatir o confirmar. Lo que convierte en tópica una frase no es lo mucho que se dice o lo poco contrastada que está o lo falsa y manida que es, sino un conjunto de rasgos que se pueden reducir a estos dos: ser un lugar común y tener pretensiones: lugar común y formular que va de boca en boca sin alterarse y sin aportar nada, porque no es, a diferencia del tópico literario, una actitud o un tema desde el que construir algo, sino un artefacto que solo sirve para una cosa: soltar su fatua pompa (Mi vocación frustrada es tocar el piano: ¿quién no ha oído eso después de un concierto de piano? O A mí me encanta la tortilla de patatas, eso sí, ¡tiene que estar bien hecha!: claro, a los demás nos gusta, pero, como somos más tontos o tenemos menos paladar, no nos importa nada que esté muy mal hecha); y, sobre todo, tener muchas pretensiones: pretensión de hacer pasar por sutil una generalización apresurada o burda (Los católicos pecan más que ninguno: luego se confiesan y a pecar de nuevo), de hacer pasar por verdad una opinión (No encontrarás a nadie que te quiera tanto como yo), por opinión una verdad (No hay nada universal en el ser humano, ni siquiera el sexo. A los asexuales, por ejemplo, el sexo no les interesa), por quintaesencia un reduccionismo burdo (El amor no es más que química y física, que es como reducir la lectura a un simple movimiento de ojos); por juicio un prejuicio (Las familias numerosas son irresponsables porque aumentan el problema de la superpoblación, que es como decir que el niño que echa un litro de agua al mar es culpable de un tsunami. Y también: La homosexualidad conduce a la extinción de la especie, porque no pueden tener hijos: no hay que preocuparse: para eso están los padres de familias numerosas), por argumento una falacia (No te quejes de los niños. ¡No haberlos tenido!, que no es más que una falacia ad hominem disfrazada de verdad como un templo), por comparación pertinente lo impertinente (Yo prefiero los perros a los niños: aunque no dudo que quien lo suelta así lo sienta, comparar perros y niños es como comparar cestitas de fruta con catedrales), lo incomprobable por archicomprobado (Te lo digo yo: si esta tienda no cierra, es porque se están hartando de ganar dinero), lo ilegítimo por legítimo (He pagado por este coche un pastón, así que tengo derecho a contaminar lo que me dé le gana), y un tramposo y chapucero etcétera donde lo más importante de todo es que el homo topicus ignora que tiene todas esas pretensiones y que repite como un papagayo una pompa promiscua que va de pico en pico.

Arponería

Un arpón es una refutación del tópico, pero con cierta gracia (si el tópico es inocente)  o cierto colmillo (si el tópico es retorcido) o antibiótico (si es infeccioso). A un buen arponero le cuesta morderse la lengua cuando oye un tópico, aunque lo oiga en una conversación de ascensor, y muchas veces los deja pasar por cortesía o diplomacia o desgana. Por ejemplo, si el futuro suegro suelta eso de Solo en Valencia se hace bien la paella; en el resto de España solo hacen arroz con cosas, es mejor dejarlo feliz en su gregario orgullo local, a no ser que uno tenga ganas de guerra y quiera defender la paella de su abuela, que no era valenciana sino de Zamora y hacía la paella como le daba la real gana y, de haberla probado el suegro en un buen restaurante de la Albufera, se habría chupado los dedos. El arponero es también misericordioso con tópicos inocuos y tontones como esos de Los andaluces son muy graciosos o Los catalanes son unos agarrados o Es difícil hacerse amigo de un vasco, pero cuando se hace amigo tuyo, lo es para siempre, mientras que en Andalucía todos son en teoría tus amigos, pero ninguno lo es de verdad.), pero sale a combatir cuando zumban en sus oídos tópicos más dañinos como estos: Los españoles fueron a América a robar, violar y matar o Los animales tienen tanto valor como los niños y, sobre todo ese tan manido de Yo digo la verdad como la siento, sin medir las palabras. Uno de los mejores servicios que una persona puede hacer con su inteligencia es arponear esas alimañas: esa es la mejor manera de descubrir de qué prejuicios, conceptos fatuos e ideologías son deudores. Por ejemplo, Fulanita es lesbiana, pero muy guapa y femenina es deudor del prejuicio según el cual las lesbianas tienen que ser feas y machorras. Y Fulanito es muy religioso, pero muy tolerante y abierto es un tópico deudor de otro tópico más feo: Los cristianos son cerrados, intolerantes y oscurantistas.

Los tópicos los pongo todos en cursiva, porque son intelectualmente cursis, y así los distinguimos de los arpones y el pensamiento reflexivo.

El buen arponero debe ser también humilde: no porque uno sea cazador no lo van a cazar a él los mosquitos. Todos tenemos algo de topiqueros. Yo me recuerdo diciendo muchos tópicos. Para mi vergüenza confieso que ante un cuadro de arte moderno e incomprensible para mí en el Reina Sofía, que era un manchurrón rojo y se titulaba, por ejemplo, “Mancha roja”, solté aquello de Eso también lo hago yo y entonces un amigo mío y buen arponero me dijo: “Pues nada, hazlo y consigue que te lo cuelguen en el Reina Sofía”. Así que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Es tal la cantidad de temas que no dominamos, que es lógico que, al hablar de ellos, incurramos en tópicos. A mí me hablan de las consecuencias de salir del euro y no puedo decir al respecto nada interesante ni pertinente, pero si me veo obligado a decir algo, soltaré un tópico. Por eso, me he especializado en cazar tópicos en temas que domino más, sobre todo los referentes a lo humano, lo moral, lo histórico, lo filosófico, etc. Pero no porque uno suelte tópicos va a renunciar a lanzar arpones. Cuanto menos tópicos, más fructíferas y sutiles serán nuestras reflexiones, conversaciones, debates y conclusiones. Así que a arponear se ha dicho.


Tópico frente a frase hecha, refrán y aforismo

Para aprender arponería hay que aprender primero a distinguir el tópico de la frase hecha, el refrán y el aforismo, no sea que, queriendo lanzar el arpón a un tiburón, matemos un delfín o que, queriendo pisar una cucaracha, matemos un pobre grillo.

Mientras que la frase hecha suele ser una inocente nota de color o de humor o una fórmula para simplificar las cosas (“Mi más sentido pésame”, “Está lloviendo a cántaros”, “Escrito a vuelapluma”…), el tópico está ahí solo para confirmar prejuicios, salir al paso, soltar vaciedades y porquería, impedir un debate serio, ahorrar el trabajo de emitir una opinión personal, soplar en la dirección de las ideologías, etc., y, frente a la frase hecha, es más bien una idea hecha y facilona que puede utilizar frases distintas para expresarse. Por eso es reconocible más por el contenido que por la forma. Los políticos son unos sinvergüenzas o unos ladrones de guante blanco .Los políticos solo piensan en su propio beneficio. La política es el arte de engañar al ciudadano son diferentes versiones de un mismo tópico. Y de la fácil combinación de conceptos de riqueza y maldad surgen muchos tópicos pseudoeconómicos: Los ricos son malos; los pobres son víctimas; la culpa de la pobreza la tienen los ricos; hay países pobres porque hay países ricos; la culpa del hambre mundial (o de la contaminación, del heteropatriarcado, del sometimiento cultural de los indígenas, etc) la tiene el capitalismo salvaje... 

Más fácil aún es distinguir tópico y refrán. El refrán es un pensamiento condensado por la sabiduría popular en una expresión memorable que, bien traída, aporta consejo o luz solo para unas circunstancias o problemas concretos con los que todos tenemos que lidiar alguna vez; no pretende ser una verdad absoluta, porque se suele aplicar a unas circunstancias. Si un día madrugo y me salen las cosas bien, diré “A quien madruga Dios le ayuda”, pero si un día madrugo y no me ha cundido nada, diré “No por mucho madrugar amanece más temprano”. “La cara es el espejo del alma” y “Las apariencias engañan” son refranes contradictorios solo en la teoría, pero en la práctica todos sabemos cuándo hay que traer uno y cuándo el otro. Además, el refrán se trae y el tópico se suelta, porque el primero es un amigo que uno trae a la fiesta y el segundo un perro que lo menos malo que hace es ensuciarnos los pies a lametones. Los refranes, en fin, buscan dar máximas para la situación concreta para la que se traen a colación, pero los tópicos se presentan como verdades universales.

En cuanto a la diferencia entre el tópico y el aforismo, hay que hilar más fino, porque al tópico le encanta presentarse como un aforismo, es decir, como un pensamiento original, vibrante, definitivo y con efectos especiales, y no duda en recurrir a los mismos recursos literarios que el aforismo: antítesis (Cuanto más izquierdistas, más les gusta el dinero), paronomasias (La gente confunde la libertad con el libertinaje), repeticiones (La violencia siempre engendra violencia), contrastes (He visto la película, pero el libro es mucho mejor),  hipérboles (El feto no es más que un montón de células), etc., pero hay una gran diferencia: el tópico los usa para una idea fácil, pretenciosa, prejuiciosa, falaz, generalísima, manida y vieja, mientras que el aforismo, el buen aforismo, los usa para justo lo contrario: para expresar del modo más elegante, potente y memorable una idea sutil y atinada y novedosa que nadie había dicho antes pero que, una vez dicha, parece que ha sido cierta desde siempre. El aforismo es lúcido y el tópico, si acaso, solo lucido. ¿Cómo va a ser lo mismo la violencia del que ataca que la del que se defiende? ¿Y qué es “El corazón tiene razones que la razón no entiende” sino un aforismo estableciendo una nueva sutileza contra el racionalismo voraz de la época?; y, hasta que lo dijo santa Teresa de Jesús, ¡qué ganas había en el cielo de que alguien dijera en la tierra “Siempre he preferido la virtud al linaje”! Había que tener la agudeza y las agallas y la lucidez de una mujer como aquella loca de Dios para decir eso, en una época en que ser cristiano viejo era más importante que ser buena persona; era como decir ahora que un hombre, para ser bueno, no tiene por qué ser feminista, sino eso, sencillamente bueno.

Dado que el tópico nace de la envidia, la ignorancia, la soberbia, la autocomplacencia, el apresuramiento, los prejuicios y la ideología, su consecuencia es siempre enturbiar, ensuciar, estropear, oscurecer; y dado que el aforismo nace del deseo de esclarecer y atinar, resulta que los arpones contra los tópicos suelen ser aforismos. Por ejemplo, el tópico de El tamaño no importa se puede arponear con aforismos varios: “El tamaño no importa a quien no le importe” o “Qué bien sientan los penes pequeños a las estatuas griegas” o “Si tuviéramos una varita mágica, todos sabemos de dónde nos pondríamos y nos quitaríamos centímetros”.

Pues eso vamos a hacer aquí: arponear tópicos con aforismos. Bienvenidos, arponeros.