LEER


Fernando García de Cortázar, Católicos en tiempo de confusión. Selección de Francisco José Gómez Fernández). Ediciones Encuentro, Madrid, 2018.

No soy dado a los libros de artículos porque uno se acaba cansando de empezar de nuevo con cada nuevo artículo, porque no fueron concebidos como una obra unitaria. En compensación, los que componen este libro tienen cierta frescura y espontaneidad y saca del autor estupendas reflexiones a partir de noticias y hechos recientes o bien para iluminarlos a la luz del mensaje cristiano.

Varias ideas centrales vertebran casi todos los artículos: el origen cristiano de una Europa hoy empeñada en negarlo y entregada en brazos de ideologías y extremismos; la preocupación ante la pérdida sangrante de los valores cristianos de Europa, que nos está conduciendo a una sociedad degradada; la reivindicación de la gran aportación de la Reforma católica al humanismo; la grandeza y solidez y significado insustituible de nuestra común nación española a pesar de la crisis económica, política y moral que está atravesando; lo mucho que a una sociedad desnortada tienen que ofrecer los católicos; y, sobre todo, la luminosidad del mensaje cristiano acerca de lo más excelente que hay en el cosmos, la persona, amada por el cielo más que ninguna otra cosa y para quien deben ir dirigidos todos nuestros esfuerzos de erradicar el sufrimiento inherente a la existencia. Y todo en una prosa ágil, elegante, adornada de citas bien traídas, fecunda, honda y correcta (salvo por el uso de un galicismo que considero estilísticamente poco elegante, el del uso de la preposición a más infinitivo con valor final: “Este es el alegre precio a pagar por ser hombres libres”).

Lo que más me ha gustado del libro es su capacidad para expresar de modo claro y brillante el valor y la actualidad del mensaje cristiano y, más en concreto, católico. Por experiencia propia sé lo difícil que, ante un público cada vez más ajeno, cuando no hostil, a lo católico, es defender o explicar el sitio y la relevancia de las palabras de Cristo y de la Iglesia por él fundada. Y Fernando García de Cortázar lo hace muy bien. He aquí un simple ramillete:

“Somos la única civilización que parece avergonzarse de sí misma. Somos la única nación que renuncia a su significado”

“¿Qué es lo que envidia del catolicismo esa impaciencia del corazón, esa nerviosa actitud en la que se mueven nuestros vetustos anticlericales? Envidian, sobre todo, esa esperanza custodiada durante veinte siglos, que nació alzándose contra la tiranía y proclamando la unidad moral del género humano. Envidian esa duración curtida en la intemperie, salvada en la cultura, abrazada a la envergadura de una promesa de redención, vinculada a la exigencia de justicia social. […] Envidian la resistencia diamantina de un ideario”

“La cultura protestante no forjó las bases espirituales del desarrollo, sino la carencia del fundamento ético del crecimiento económico”.

 “Lo que irrita, sobre todo, es el protagonismo de la cultura cristiana en la defensa de la dignidad del hombre y su inmensa resistencia frente a sus impugnadores. Lo que asusta es su capacidad para la caridad y el consuelo, para el escándalo y la denuncia”

“Los cristianos somos portadores de un mensaje que nos identifica: dotar al mundo de sentido”.

“Señalar el inicio de nuestra era en el nacimiento de Jesús es mucho más que un recurso convencional. Se trata del reconocimiento de una fundación, un acto constituyente que ha ido afirmándose en los siglos posteriores en el perfeccionamiento de un mensaje esencial. Todos los seres humanos son sustancia de un gran proyecto que los hace iguales y libres, equivalentes y diversos. El cristianismo ha sido la comunidad de fe que ha custodiado el significado radical de este nuevo conocimiento”.

“El amor es la razón íntima de nuestra existencia, procedemos de él, somos parte de él. El amor nos permite ser hombres completos, nos inserta en el acto de la creación, manifiesta nuestra esencia inmortal.”

“Lo que se consuma en el aborto es evitar precisamente que nazca una persona”.

“Los terroristas no solo aspiran a matar. Pretenden originar un modo de vida, en el que solo ellos dispondrán de su condición de personas libres.”

“El cristianismo nos liberó de las mitologías paganas que convirtieron la vida del hombre en territorio para expresión del capricho de los dioses”.

Y un luminoso etcétera.
Jesús Cotta





José Mateos, El ojo que escucha. Renacimiento, Sevilla, 2019. 

Hay cosas que no existen pero tienen un nombre: endriagos, homúnculo, unicornio. No existen pero encontramos sus imágenes en ilustraciones de cuentos, en tapìces, en nubes, ensueños o pesadillas. Hay otras cosas que tampoco existen pero tienen un nombre, un nombre feo, sin encanto, engreído y del todo burocrático. Un nombre que he visto en cabinas publicitarias: digilosofía. También lo he encontrado en instrucciones de pedagogos -esa secta, esa farsa- escrito en negrita: competencia digital. Lo podemos encontrar en decoración para casas con muebles de diseño en la pantalla de un ordenador: decoración virtual. Virtual significa algo que todavía no existe pero tal vez existirá más adelante. En filosofía aristotélica a eso lo llaman potencia: un puente levadizo, un futurible, un quizá entre la nada y el ser. Lo que puede llegar a ser aunque todavía no existe de verdad.

En fin, en ese terreno tan particular, en ese de verdad, encontramos lo digital, lo virtual. Su castillo es una pantalla y su espada, un clic. Occidente es un innúmero castillo de solitarios reclusos digitales en un enmarañado bosque de terminales. Pero este castillo no necesita varita ni conjuro, vasta una contraseña -ni siquiera un santo y seña, como decíamos en la mili- para que otros solitarios nos muestren lo que son o no son o piensan ser o hubieran podido ser o les gustaría ser. Todo muy virtual, potencial. ¿Quién es el dueño del otro castillo con el que cliqueamos? ¿En qué país estará? Pero, ¿hay castillo? ¿Existe alguien y hace clic? Sí, seguramente existe. Interactuamos. Hago clic, luego existo.

En estos comienzos de siglo hemos descubierto un universo virtual, con sus paisajes virtuales, sus oficinas virtuales, sus casas virtuales, sus aulas virtuales, sus etcéteras virtuales. Todo como un espejo que duplica, en un enorme bis, el mundo. A ese bis, a esa repetición, a ese espejismo, le llamamos bit, mega, giga, tera… Y en esos tres puntos suspensivos de cantidad creciente acaso encontramos el signo del infinito. La infinitud, la eternidad son cosas virtuales, no aspiraciones o hallazgos de cada hombre o mujer, porque nuestra historia -cuando haya que hacerla de aquí a unos años- será inabarcable. Tendrán un número tan infinito de fuentes que sólo podrá hacerla un ordenador. El Big Data. La antigua creencia de que cada hombre es único e irrepetible, portador de un destino y una voluntad, son rémoras sin vigencia pública de una prehistoria predigital.

Mientras escribo esto, por mi ventana entran los gritos de unos vencejos, que bajan a ras de tierra al anochecer. Y ellos -sus picos curvos, sus zigzags en el aire- son una redonda y completa verdad. Y me distraen de lo que ahora escribo o pienso o pienso que escribo o… en una irrealidad de espejos infinitos. Clic, clic, clic… Estos vencejos son predigitales. Casi está uno por decir que todo lo que uno ha visto, leído, escuchado, palpado y olido son un pespunte fantasmal, un hilillo de nada, porque nada son ante el Gigante digital. Vencejos, atardeceres, delfines y hexámetros y gárgolas… Válgame Dios y el Big Data… son menudencias si no aparecen en pantalla.

Yo iba a escribir la reseña de un libro que reflexiona sobre este mundo virtual, pero me ha salido un cuento, una pesadilla sobre la realidad o la irrealidad de lo existente. El libro se titula El ojo que escucha, su autor es José Mateos y está recién publicado por la editorial Renacimiento. Es un alegato lúcido y desengañado ante lo que se nos viene encima, lo que ya está aquí. Da la impresión de que su autor teme que se vaya a pique lo que Occidente ha atesorado de más valioso. Ese es la tesis del ensayo más largo que abre este libro. Luego, José Mateos repasa la naturaleza de las bellas artes, haciendo hincapié en lo que tienen de realidad, es decir, de símbolo en que se aúnan materia y espíritu. Da la impresión de que nuestro autor quisiera ponerlos a salvo, ahora que los bárbaros ya están en nuestras calles -clic,clic,clic- que cruzan sin mirar.

Pedro López Flores




A. Santos Morillo, Fotos que no hice en su momento. Canalla Ediciones, Madrid, 2019. 74 págs.

La poesía contemporánea empieza en París con Charles Baudelaire. En Las flores del mal, en su célebre soneto de "Las correspondencias", nace el simbolismo. A su vez, Baudelaire inicia también el poema en prosa. En España, ese papel lo realiza G. A. Bécquer: en las Rimas da comienzo nuestro simbolismo que continuarán Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez y buena parte de los hombres del 27. Bécquer es el padre de nuestra poesía contemporánea, pero no pudo escribir un buen puñado de poemas en prosa. Quizá la brevedad de su vida y algunas circunstancias insuperables no se lo permitieron, aunque algo se barrunta en sus Cartas literarias a una mujer y en las Leyendas. El padre del poema en prosa contemporáneo es Azorín, en su libro Confesiones de un pequeño filósofo. De él tengo en casa tres ejemplares: uno para la vitrina, otro para el trabajo diario y un tercero para regalarlo. Tras él vinieron Ocnos de Luis Cernuda, Las cosas del campo con Las musarañas de J.A. Muñoz Rojas y Por el cristal amarillo de Juan Ramón Jiménez.

El poema en prosa no es un intento fallido de escribir un poema en verso, fruto de la impotencia o la impericia literaria. La prosa no es el fracaso del verso, sino su desarrollo, algo así como la flor y el fruto. La Poesía con mayúsculas es la visión simbólica del mundo y tratar con el idioma como si fuese una canción o un mágico conjuro. Es decir, mediante repeticiones, ritornelos, variaciones… En suma, tocar las palabras como el músico las notas y los sonidos. Por eso, un poema en prosa lo es tanto como otro en verso. El poema en verso libre viene a confirmárnoslo. En prosa o en verso, ambos comparten unos mismos rasgos comunes: una misma inteligencia simbólica ante la realidad, tratamiento musical de la frase, la brevedad en el decir y la intensidad en el sentir, la capacidad que tiene el idioma de poner en claro lo más recóndito de nuestra intimidad.

Un poema en prosa lo es tanto como otro en verso, pero quizá no abundan demasiados buenos libros de poemas en prosa. A veces da impresión de que el camino no se continuó después de estas cuatro obras maestras, con la única excepción de algunos libros de Luis Rosales. La editorial Renacimiento ha publicado estos tres últimos años dos excelentes libros de poemas en prosa: La casa dormida de Guadalupe Grosso y La sombra del nogal de Gabriel Insausti. Resulta que estamos viendo un resurgir del poema en prosa. A ellos viene a añadirse un tercero: Fotos que no hice en su momento. Ninguno de estos tres libros de hoy tienen nada que envidiar a sus predecesores. El autor de estas fotografías, Antonio Santos, nos entrega un libro íntimo, personalísimo y del todo necesario. Resulta extraño que, en plena madurez y sin apenas antecedentes literarios públicos, brote, de pronto, un libro de intensidad casi extraordinaria.

Se dice que toda obra literaria de relieve brota de algunos de esos contados temas invariables de la condición humana: la brevedad de la vida, la fugacidad del tiempo, la posibilidad del amor. Estas fotografías nacen de la certeza de que ya se ha producido la pérdida del Edén. Sus palabras están afiladas por una agudísima melancolía. La nostalgia es el dolor de haber perdido alguna cosa en particular: una casa, un amor, nuestra niñez o juventud. La melancolía es una emoción más lacerante y lúcida. No brota de que hayamos perdido una cosa, sino todas las cosas que constituyeron un mundo hermosísimo que ya no existe. La poesía es el intento de recobrarlo sin más armas que la memoria y las palabras, con ese sí es no es de música y de hechizo. Antonio Santos nos entrega unos poemas hermosos y desamparados, quizá como el inicio de un viaje a los mejor, más hondo y más secreto de nosotros mismos.

José Julio Cabanillas




Pedro Sevilla, Para cuando volvamos. Poesía completa 1992-2018. Renacimiento. Calle del aire. Sevilla, 2018. 214 páginas.

Para quienes vivimos la poesía, la vida nos parece una ventana abierta ante el paisaje de la tarde. Sobre los adoquines, salpicados de lluvia, la primavera esparce sus colores y ya se intuye el prematuro olor de las pálidas flores del naranjo.

Unas muchachas pasan junto a mí iluminando el mundo con su risa. Con los ojos, camino entre sus faldas, y siento algo en la sangre que hierve como el agua del puchero. Qué pena que la vida nunca venda billete de regreso.

Por suerte, ante la imposibilidad física del retorno, nos queda el reparador consuelo de la palabra escrita. Ese dulce mecanismo de autodefensa que crea en quien escribe la ilusión de poder detener el paso de los días.

Tal vez por eso, cada vez más a menudo, acabo volviendo a los versos de Pedro Sevilla, maestro y amigo. Un viaje, siempre enriquecedor, que Renacimiento ha simplificado con la publicación de esta Poesía Completa (1992- 2018). En la elegante colección Calle del aire, la editorial de Abelardo Linares recoge en Para cuando volvamos sus casi treinta años de vida poética. Cabe destacar el acierto de su título, homónimo al emotivo poema de Tierra Leve (2002), seleccionado por la también diseñadora de la portada Marie Christine del Castillo.

Este libro es un camino que nos lleva desde aquel Septiembre Negro (1992) hasta sus composiciones más recientes. De la rebeldía de la juventud a la trascendencia de la madurez, pero en el que en todo momento se respira ese aire de sencilla naturalidad, de sinceridad sin artificio, que caracteriza toda la obra de Pedro Sevilla. Poemas como “La nada”, “No ser”, “A mi hijo Pedro” o “Todo el azul del mundo”, por citar algunos, desprenden el profundo olor de la verdad, ese aroma tan parecido, si se me permite la comparación, al de la tierra recién labrada.

Del mismo modo, en sus letras, que más que letras son un verdadero álbum de recuerdos, no puede dejar de adivinarse “la raíz de ese gran sauce” que es la poesía del maestro Julio Mariscal. Como el mismo Pedro dice en el poema que lo nombra, no sólo por la métrica o el ritmo, sino por “esa forma especial de abordar cada poema”.

Pero, más allá del fondo y de la forma, si algo hace grande a su poesía es, como ya adelanta el propio autor en el prólogo del libro, el sentido universal de sus palabras, esa envidiable soltura para alcanzarnos, para conseguir que veamos nuestro reflejo en cada verso y esa habilidad, tan suya, para dejarnos siempre con la necesidad constante de volver.

Sergio M. Moreno Domínguez






Francisco José Cruz, Un vago escalofrío. Pre-Textos, Valencia, 2019. 

Algo que suele ocurrir cuando destacamos de manera insistente la entrega de una persona a una labor constante y admirable, es que acabamos solapando la existencia de otras cualidades y tareas no menos dignas de remarcar. Así, cuando nos referimos una vez más a la larga trayectoria de Francisco José Cruz como director de la revista Palimpsesto, su impagable esfuerzo y voluntad en la difusión de la poesía hispanoamericana contemporánea, su solvencia al frente de la prestigiosa colección Sibila y sus actividades como recopilador, introductor y prologuista de otros autores, a fuerza de elogios, estamos arrojando injustamente una espesa sombra sobre la madre impulsora y nutricia de todos estos logros: su propia obra poética. Una obra a la que en este tipo de actos siempre nos solemos referir (si es que nos referimos a ella) como pasando de puntillas, aludiéndola si acaso como el remate de una torre al que no se le prodigan muchos detalles puesto que sólo se verá de lejos. Pero no olvidemos que fuera del estricto campo de la aritmética, el orden de los factores sí puede alterar el producto.

Dicho esto, he de confesarles que la presentación de un libro de poemas es un honor incómodo pues exige un tacto y una cautela que acaban rozando la inseguridad. Mientras que la novela nos permite acercarnos a ella con la desenvoltura que nos da nuestra experiencia de la vida; mientras que el ensayo nos respeta el derecho a la glosa y la discrepancia, la poesía sigue conservando intacto el prestigio que Grecia le concedió hace ya casi tres mil años: el misterio de la inspiración, su origen sagrado.

Es una rara paradoja que la vanguardia, que con tanto entusiasmo abrazó la causa de expulsar a los dioses de la esfera del arte, reservase a la poesía el último sagrario; y que sus grandes sacerdotes, adorando los juguetones sacrilegios de los nuevos artefactos verbales, proclamasen su fe inconmovible en esa hendidura tenebrosa en la que la Sibila murmura sus visiones. Tal vez por ello, la crítica poética moderna ha adoptado los malos hábitos de los teólogos que empiezan diciendo que Dios es incomprensible y acto seguido dedican quinientas páginas a hacerlo más incomprensible todavía; de manera que la franca sencillez de un poema diáfano nos parece sospechosa y nos empeñamos en un forzado más allá del poema lleno de prometedoras incertidumbres.

Cesare Pavese, un día en el que se encontraba menos pesimista de lo que era habitual en él, anotó en su diario este pensamiento: «hacer poesía es como hacer el amor: uno nunca está seguro de que el otro esté compartiendo nuestra propia felicidad». Utilizaré este aforismo como asidero y dejaré que sea mi propia felicidad de lector la que me guíe, aun a riesgo de no coincidir con la felicidad del autor.

Un vago escalofrío es un título que establece la continuidad con los anteriores poemarios de Francisco José Cruz. A morir no se aprende, Con la mosca detrás de la oreja, El espanto seguro… Títulos que, colocados uno tras otro y anulando las distancias entre las fechas y circunstancias en que fueron publicados, no resultan demasiado alentadores. Títulos que sugieren la recurrencia obsesiva a experiencias personales dolorosas y concretas a las que no nos concierne aludir. En realidad, son títulos que cualquiera de nosotros podría hacer suyos para darle nombre a esos fantasmas que, una vez alcanzada la edad para que despierten, ya no dejan de rondarnos. Porque no es más optimista el que cree ignorarlos, ni el que se fuerza a mirar hacia otro lado (esos, si acaso son más insensatos), es más optimista el que es capaz de contemplar esta danza grotesca sin dejar que sus muecas de bufones crueles le paralicen la vida. A su manera, estos títulos sombríos son un sano ejercicio.  

Ahora bien, aunque en este libro volvemos a encontrarnos con los temas recurrentes del asombro ante la fugacidad del tiempo, la vislumbre de esa silueta huidiza, a veces burlona, siempre amenazante, que se percibe a través del frágil tejido de la existencia, que juega a romperlo y que acabará rompiéndolo (¡qué difícil se nos hace nombrar a la muerte!), el autor nos acerca a ellos de una manera un tanto más dulcificada, optando por lo que yo llamaría un amable pesimismo. La humilde proximidad de los objetos y sujetos que provocan la perplejidad del poeta y de los que no surge la revelación sino la pregunta; la total ausencia de artificios retóricos y casi de imágenes metafóricas; esa afinada sensibilidad hacia el sujeto inmediato, hacia el breve lapso en el que sujetos y objetos se desprenden de su anonimato y se enlazan al poeta a través de una conmovedora corriente de empatía, antes de disolverse definitivamente en el tiempo; ese algo tan cercano en espíritu al haiku japonés… todos esos elementos construyen una suerte de vanitas doméstica, un memento mori desdramatizado en el que el autor, con verdadera gentileza, ha sabido silenciar las campanadas fúnebres.

Nada de lo que destaco debería confundirse con la llamada poesía de la cotidianidad en cuyo resignado abandono de toda búsqueda más allá de la inmanencia, bajo su falsa apariencia de serenidad alimentada de prosaicas tautologías, siempre acaba asomando la angustiosa vacuidad de existir, la entrega impotente a una realidad autista, la alienación y la indiferencia en medio de una corriente caótica que todo lo convierte en fragmentos y material de derribo. Muy al contrario, en los poemas de Francisco José Cruz, la breve contemplación que precede al asombro, a la duda reflexiva, incluso al estupor, ese vago escalofrío que estremece la consciencia, ya es un primer paso hacia la redención.

Son muchos en este libro los poemas que me gustaría reseñarles, como por ejemplo esos poemas amatorios de los que tan orgullosa debe sentirse la persona a la que van dirigidos; tan refinados a fuerza de discreción, tan pudorosamente elípticos, tal como corresponde a alguien que sabe muy bien (como sin duda lo sabemos todos los presentes), que, llegados a ciertas alturas de la vida, las confesiones públicas de amor deben ceñirse estrictamente al elogio de la ternura y al agradecimiento, porque todo lo demás podría interpretarse como delirios de un viejo verde.

Pero sería muy descortés por mi parte acaparar su atención más tiempo del razonablemente necesario, de manera que sólo comentaré brevemente aquellos en los que en mi opinión –y sin tener demasiado en cuenta mis preferencias– mejor se aprecia el relieve de las cualidades que quiero resaltar. En primer lugar los titulados A Jaume d’Olesa…, Ante la tumba de Joseph Brodsky y Carta póstuma a Wislawa Szymborska porque constituyen el resumen, la declaración sinóptica del posicionamiento estético y vital de nuestro autor: el metro, la rima, la tonalidad concreta, la sintaxis diáfana y la convicción de que la experiencia poética puede encontrarse a pocos centímetros de nosotros sin necesidad de buscarla en las regiones etéreas.

Ya desde los últimos poemarios de Francisco José Cruz, venimos apreciando su progresiva vuelta a la métrica, pero es en este último donde la pauta silábica domina de principio a fin para sorpresa de nuestro oído tan desacostumbrado ya tras décadas de uso y abuso del verso libre y de un acomplejado desprecio por el arte declamatorio. No es infrecuente que en los ambientes poéticos más snobs, el metro y la rima se consideren bagatelas propias de aficionados de gusto dudoso. Un vago escalofrío, al margen de cualquier dogmatismo, nos demuestra que un poema debe llevar implícita su partitura y también, indirectamente y por oposición, nos advierte que dejar que un poema supere la prueba de la lectura en voz alta confiando en las intuiciones de un recitador habilidoso, es una actitud de padre poco responsable.

En 1922, Jean Cocteau en su ensayo El secreto profesional, decía lo siguiente: «Las infidelidades a la rima, a las reglas fijas, en pro de otras reglas intuitivas, nos devuelven a la regla fija y a la rima con un nuevo escrúpulo». Ya por aquel entonces, Cocteau percibía la necesidad de un remedio a la metástasis verbal que estaba poniendo en peligro la vida de la poesía. La cura no significaría una vuelta atrás sino una verdadera renovación.

Medir y rimar tal vez sea más fácil de lo que parece, pues al fin y al cabo es una cuestión de técnica y existen buenos manuales para esto; lo difícil es conseguir que la forma no acabe imponiéndose y condicionando al contenido. La palabra acompañada de música es una canción. La música acompañada de palabras una ópera; sólo cuando música y palabra son indivisibles podemos decir con seguridad que estamos ante un poema. En un brocado, el oro y la seda se entretejen para formar la tela. Si tiramos y tiramos de un hilo suelto sea de oro o de seda, al final no tenemos ni brocado ni tela. Tal es la naturaleza musical de un poema.

Cuando el susceptible Apolo, un dios cuya belleza y crueldad corrían parejas, castigaba a alguno de sus protegidos por alguna afrenta, no les retiraba la voz sino el don de escuchar, y desde ese momento las profecías de las sibilas se tomaban por los gritos de una borracha y los poetas, que ya no discernían las palabras cantadas por las hojas del sagrado bosque de laureles, quedaban reducidos a lamentables compositores de ripios. Todavía hoy, cuando ponderamos la capacidad de una persona para la música decimos: «Qué buen oído tiene!». Como muestra cito esas deliciosas partituras que son «En el tren», «Bajamar», y «Canción de la marea».

En la primera de las composiciones, la repetición del mismo esquema métrico y el mismo verso al principio de cada estrofa, los largos intervalos entre ellas (semejantes a grises y aburridas estaciones), el sobresalto de ese verso aliterado que recrea el chirrido de las ruedas sobre los raíles; son recursos que nos cuentan sin necesidad de pormenores descriptivos la monotonía de un viaje previsible cuyo destino, por conocido, carece de interés. El último verso igual podría enlazarse al primero iniciando un bucle sin fin que nos llevaría a leer el poema una vez y otra hasta quedar atrapados en la pura encarnación del tedio y el sinsentido.

Cualquiera de ustedes que practique la magia en sus ratos libres, sabe de sobra que no basta con conocer las palabras, también hay que conocer la cadencia y la entonación con las que deben ser pronunciadas para que se obre el milagro y se desate la tempestad. Es la música la que convierte el galimatías en un conjuro verdadero y poderoso. Igualmente, en este poema, su musicalidad transmuta la imagen trivial de un tren que se desplaza en experiencia palpable, tan densa y elocuente como un cuerpo dotado de alma.

En «Canción de la marea» la presencia del oleaje es tan notoria que casi nos hace superfluo el comentario. La marea sube, la marea baja… y en el reflujo de cada ola se inserta brevemente la voz evocativa del poeta que construye sus imágenes para que las olas las arrasen como castillos de arena; reiterativas e incansables como en esos juegos entre un niño y un adulto. Aquí, el niño es el mar y el mar es el sonido del mar recreado por el ritmo silábico. Aquí, las olas no existen por el simple hecho de nombrarlas, existen porque la vigorosa ondulación de su músculo de agua y su perpetuo vaivén, son la misma música que las invoca.

«Bajamar», ya en su misma estructura verbal y visual (pues resulta un involuntario caligrama), casi llega a materializarse como un paisaje en el que contemplamos la progresiva retirada del agua desde el largo verso inicial hasta los versos cada vez más cortos y adelgazados; pasando de la poderosa cresta de la ola que avanza arrastrando tras de sí el borde del mar, al debilitado cabrilleo de las ondas que lamen el fondo fangoso y dispersan, desganadas, despojos y diminutas maravillas.

Leyendo estos tres poemas no puedo evitar asociarlos con esas delicadas miniaturas para piano que son las Gymnopedias y las Gnossiennes de Erik Satie. No sabría explicarles por qué mi mente ha tejido un hilo secreto que los conecta.

Y ya que hablamos de partituras, forzosamente he de referirme a la más extensa y solemne de todas: «Vía Crucis», un canto monódico en catorce poemas compuestos, cada uno, por dos estrofas liras de verso blanco. La lira, que ya viene prestigiada por el uso que de ella hizo San Juan de la Cruz en el Cántico, en este caso ha sido despojada de la rima para darle una sonoridad más abrupta, más dramática, sin concesiones al halago de los sentidos. La disparidad métrica que introducen los dos versos endecasílabos y la distribución asimétrica de los heptasílabos, crean un avance entrecortado, son como obstáculos en un camino. Evocan un penoso y sombrío arrastramiento al que se le niega el alivio de la rima. Se diría que a veces tienen la textura de un tronco seco que nos llena las manos de astillas. En cada una de las catorce estaciones, la primera lira es una larga pregunta que abarca la descripción del momento contemplado. La segunda lira es la respuesta que el poeta narrador se da a sí mismo, una respuesta siempre en tono condicional: «quizás», «pudiera ser», «tal vez»… Una respuesta que parte de la incertidumbre y conduce a la humildad. Una respuesta que establece una distancia de respeto en la que no caben ni la familiaridad meliflua ni la culpabilidad impostada (tan comunes en este género). Un puñado de respuestas que sólo revelan una evidencia: la fatal necesidad de que así deben ser las cosas, porque el rito no se explica, simplemente se vive como se vive la experiencia poética. La doctrina pertenece a un plano en el que el poeta no pretende entrar. Sólo el último poema carece de respuesta, porque ¿quién esperaría respuestas de un cadáver? Ni siquiera la pregunta va dirigida al sujeto del poema. Ya solamente cabe constatar la consumación de un hecho; narrarlo sin interferencias subjetivas para que permanezca como una imagen congelada en el tiempo: "y, cuidadosamente, / lo acostó en un sepulcro / donde nadie había estado todavía". De esta manera tan enigmática, se hace el silencio y concluye el libro.

Antonio Calvo Laula

Texto leído en la presentación de Un vago escalofrío en el Aula Maese Rodrigo (Antigua Capilla del Hospital San Pedro), Carmona, 5 de abril de 2019.





Jesús Beades, Tibidabo 10. Catorcebis Editorial, Sevilla, 2018.


Existe otra Sevilla. Entre la deplorable, pero siempre rentable, marginalidad literaria de las Tres Mil Viviendas y la ciudad romántica y barroca, multiplicada en estampas y suspirillos líricos, existen otros mundos. Son los barrios. No la inmediata periferia poligonal ni las remotas afueras de las ciudades dormitorios, exaltada por los grafiteros de la poesía, sino los barrios populares donde bulle la vida entre espuma de Cruzcampo y el tanque de Salmuera. Estos barrios (el Plantinar, el Juncal, el Parque Amate) al cabo idénticos a todos los barrios de España adonde ha huido la realidad, lejos de los levíticos centros abandonados o los poco musculados corazones financieros, estaban buscando un poeta, un poeta que levantara acta melancólica de su mitología. Con Tibidabo 10 –una dirección del Plantinar, la del padre fallecido del autor- Jesús Beades se convierte en el cantor que demandaba la Sevilla de a pie para que asistamos al milagro chejoviano y lopesco de la gran literatura, cuando lo pequeño y propio se hace universal y grande, porque nos concierne a todos:

“El Universo entero es una calle.
Pongo mis pies en ella, se abren los naranjos,
las flores de azahar y la pescadería”

Como Penny Lane, aquella canción que era también una calle y una memoria de infancia y de suburbio, Tibidabo 10 es la cartografía nostálgica de toda aquella generación que hizo la EGB, ajena aún a la contaminación digital de los milenials y a los resentimientos predemocráticos de sus padres, y que todavía jugó en la calle como si fuera el pasillo de su casa, cuando “el barrio era una fiesta”. Jesús Beades -que no en vano ha versionado innumerables veces como bajista de “Los Escarabajos” al eterno cuarteto de Liverpool- nos ofrece unos versos de una emoción hondísima, así como un exacto registro de las tribulaciones emocionales del poeta de cuarenta años, enfrentado a la muerte, a la vida familiar y a la crisis de valores que hacen que vuelva el rostro hacia un lugar en el mundo –Tibidabo 10- donde todos querríamos echar el ancla.

Tibidabo 10 es, además, uno de los primeros volúmenes de poesía con los que la editorial Catorcebis, a cargo del poeta Carlos Vaquerizo, saluda al mundo y lo hace con un diseño tipográfico moderno y amable que no descuida ningún detalle, como la fachada de la casa del Plantinar que da nombre al estos poemas, revivida en un acertadísimo sepia en la fotografía de portada de Fátima Caballero.

Quienes tenemos la fortuna de conocer a Jesús Beades  podemos afirmar con admiración que pocos poetas se parecen más a sus poemas: imbuido de un júbilo chestertoniano por la realidad, siempre  repleta de milagros, ha hecho de su credo poético una forma de ser en el mundo en la que su alta vocación lírica se une a otros prolíficos y polifacéticos registros “renacentistas”: rockero, humorista, instagramer, locutor de radio, “cansautor”... que acaban confluyendo en sus poemas. Desde el primer minuto, desde la eclosión literaria y sorprendentemente madura de Jesús Beades a finales de los noventa en el ámbito de la poesía española, los críticos señalaron en sus versos un espíritu de fraternal cercanía acompañado de un aliento épico que bebía a partes iguales de Neruda y de su admiradísimo Julio Martínez Mesanza. De esta combinación de extremos, de la vitalidad oceánica y la torrencial energía y de la estoica visión de un universo místico se infiere una forma de estar en mundo: “en la calle que siempre da a la vida”.


Embridado en una dicción serena y clara, sin apartarse una brizna de una perfección formal un si es no es juguetona, apoyado en asonancias nostálgicas y endecasílabos firmes y sencillos, Beades ha construido un cancionero de la pérdida, una pérdida que es inevitable hacer nuestra pues, a la hora de la verdad, en soledad con el espejo que nos devuelve nuestra efigie, ante nuestro yo desvalido, liberados de cualquier obediencia a la corrección política dominante, todos navegamos por la vida con el anhelo, esperanza o certeza de reunirnos al fin -en el silencio o la eternidad- con aquellos a quienes hemos amado, con quienes dibujaron nuestra sombra del paraíso en la remota infancia o en la edad de oro de la de la adolescencia, cuando la vida, como la quería Lorca, era buena, noble y sagrada y Penny Lane “estaba en mis oídos y en mis ojos, allí debajo de los azules cielos suburbanos".

José María Jurado





Monográfico

DE LO ESPIRITUAL EN EL ARTE


Queremos inaugurar esta revista cuatrimestral con un monográfico sobre lo espiritual en el arte, entendiendo por espiritual aquella faceta de lo humano que no es meramente corporal o sensitiva y que puede conectar con Dios. Ahora que lo espiritual se asocia más bien a un supermercado de la Nueva Era en un universo cerrado e inmanente con olor a sándalo y sonido de platillos indios, mostramos aquí a quienes desde la pintura, la poesía, la filosofía, la música, el cine, etc., conciben más bien un universo que no huele a cerrado sino que se abre a la trascendencia. En vez de la esfera, la cruz. 





Francisco Lorca

Hiram Barrios

Victoria Cirlot

Jesús Cotta

José Jiménez Lozano
Ángel Justo Estebaranz

Antonio Barnés