DESCUBRIR


Cuatro poemas de Carmelo Guillén Acosta

Carmelo Guillén Acosta (Sevilla, 1955) ha reunido su obra poética en el volumen Aprendiendo a querer. Poesía (revisada) completa 1977- 2007 (Sevilla, Númenor, 2007); con posterioridad, ha editado el poemario La vida es lo secreto (Madrid, Adonáis, 2009) y Las redenciones (Sevilla, Renacimiento, 2017). Ha trabajado como catedrático de Lengua Castellana y Literatura en distintos institutos de secundaria de la provincia de Sevilla desde 1979 hasta su jubilación en 2015. Dirige la colección y el Premio Adonáis de poesía desde 2003. 


TICTAC

Llega a mí, contenido en el murmullo
de las pequeñas cosas, el sencillo
tictac de este reloj que, todavía,
mantiene el tiempo vivo y lo recrea.
Llega a mí, bella imagen de un presente
que no termina nunca, semejante
al del amor de Dios, cuyo ejercicio
descubro sin cesar en este mundo
al ritmo acompasado de mi vida.


LA GRANDEZA DE DIOS

No podría concebir que aquí no se apreciara
también la imagen cierta del Dios omnipotente;
ni que nada tuviera que ver con él, altísimo,
el mundo que ahora habito, logrado en heredad;
ni, menos, que no sea su amor lo que le lleva
a estarse indefendible en este tabernáculo,
abrasado en misterio de fe, lección continua
de humildad y silencio, expuesto a la deshonra,
signo de negación, al que envuelven los cielos
y la tierra, y que calla con tal de que relumbre
la obra de sus manos, su propia creación.


CANCIÓN ÚLTIMA

Lo mejor de mi vida lo descubro en los otros,
sin dejar un instante de ser agradecido.

En la canción que oí, sencilla pero honda;
en aquel gesto amable o en aquel detallito.

Lo mejor de mi vida empieza cuando acabo
dejando en los demás lo mejor de mí mismo.


ADÓNDE VAS A IR

Adónde vas a ir
cuando te hayan echado sin piedad de tus templos,
cuando dejes de ser el que hacía milagros,
cuando nadie se acuerde de que tú reverdeces los
     melocotoneros,
aplacas tempestades, asumes el dolor
ajeno como propio.

Adónde vas a ir
cuando nadie requiera tus servicios
y acabes ignorado, de un sitio para otro,
pendiente de las sobras que caen de la mesa
y del calor de hogar de un buen samaritano.

Y, sobre todo, adónde,
adónde voy a ir si aprendí a amar la cruz,
el sentido del día,
el olor de la tierra en la siega, el murmullo
del  viento, y todo lo que soy
de ti, el heredero, el que, si me faltaras,
seguirías mostrándome que el amor tiene un rostro
y que he de ocupar tu lugar
y he de darme, como fragante aroma,
también a mi enemigo.




Cuatro poemas de Pavel Florenski

Pavel Florenski (Yevlax, 1883-Leningrado, 1937) es un escritor ruso del XX. Hijo de un padre ingeniero y una madre perteneciente a la aristcracia armenia, cursó estudios en Moscú. Se doctoró en matemáticas y en teología. Fue un científico eminente que investigó tres asuntos: los materiales de conducción de la electricidad, la cristalización del agua en hielo y las propiedades del yodo, extraído de las algas. Todos estos hallazgos tuvieron consecuencias prácticas para la eletrificación de las vías férreas en la URSS y la fabricación de yodo que salvó muchas vidas de soldados rusos durante la II Guerra Mundial. A raíz de su conversión a la fe ortodoxa, a fines de la década de 1910, realiza su tesis doctoral sobre teología, publicada con el título La columna y el fundamento de la verdad. Es una de las teologías más libres, ortodoxas, audaces y originales del siglo XX europeo.

Con el triunfo de la revolución rusa en 1917, colaboró en la guarda de los iconos de arte ruso. Escribió su obra La perspectiva invertida, libro fundamental para conocer la espiritualidad y belleza del arte ortodoxo. Colaboró en el Diccionario de Ciencias de la URSS, hasta que finalmente cayó en desgracia. Florenki nunca ocultó sus creencias religiosas y jamás dejo de usar el hábito talar en público, ni aun en los congresos científicos, desde que se ordenó sacerdote ortodoxo. Estuvo casado y tuvo cuatro hijos. Primero fue detenido, luego deportado a dos gulag. Del último de ellos, situado en las islas Solovki, fue trasladado a san Petesburgo donde lo fusilaron en diciembre de 1937, durante el delirio stalinista de los veinte años de la revolución.

La mayoría de los poemas,  Florenki los escribió en los gulag y fueron enviados por carta a su familia. En ese epistolario adjuntaba sus poemas. En su primer gulag, en Skovorodino, compuso su libro titulado Oro. Ese manuscrito lo entregó en mano a su mujer y los cuatro hijos, que obtuvieron permiso para visitar a su padre, durante el verano de 1934. En esa visita debió de entregar a su familia este borrador del libro Oro, al que después añadiría poemas sueltos en las cartas que pudo enviar desde su nuevo gulag en las islas Solovki, donde el intenso frío y la precariedad se fueron agudizando. Hasta aquí es todo lo que conocemos de su libro Oro, y de otros poemas sueltos.

Se ofrece, por primera vez en español, la traducción de los poemas de Pavel Florenski. Estos cuatro poemas son anticipo de la traducción más extensa de su obra poética. Cuando ya la dábamos por concluida, ha aparecido, en Moscú, un libro de poemas de Florenski, publicado en 1908. El traductor de estos versos es el poeta armenio Harutyun Harutyuniam; el autor de este prólogo le ha ayudado en la versión castellana, y disfrutado, de paso, de su acogedora amistad.

Antes de  leer estos versos conviene  conocer una de las últimas cartas de Florenski, de febrero de 1937. “En mi ya, desde hace tiempo, vive la firme convicción de que en el mundo nada se pierde, ni de bueno ni de malo, y más pronto o más tarde dará una señal, aunque por un cierto tiempo, a veces incluso muy largo, haya permanecido escondido. Para la vida personal esta convicción quizá no sea bastante consoladora. Pero si nos miramos a nosotros mismos desde fuera, objetivamente, como a un elemento de la vida universal, gracias a la convicción de que nada se pierde se puede trabajar con serenidad, aunque en el momento presente no se obtenga un efecto externo claro y directo” (carta de Pavel Florenski a su familia desde las islas Solovki, núm. 93, con fecha 23-2-1937).

 José Julio Cabanillas

1

Detrás de la ventana
derraman nieve encima de los árboles.

-Mira aquello, cariño. Los cerezos
ya tienen flores blancas.
Detrás de los cristales vientos de primavera
suspiran al pasar y se llevan los pétalos.

-Oh, no. Tú te equivocas: el viento silba
muerto y blanco, de hierro.
¿No ves a ese que pasa congelado?
Ahí lo ves. Va con prisa; respira por encima del bigote.

-¡Mi hermano! ¡Oh mi querido hermano!
Ya huele a primavera. Escucha:
… tocan los campanarios. Todo es dulce en el vaso.
Bebámoslo del todo, que no nos hace daño.

-No hay pétalos afuera. Adónde iría
debajo de una sábana de nieve de algodón.
Fuera las ramas crujen en el frío delirio
y se alzan hasta el cielo como lanzas.

-Oh, no, no es una sábana... ¡Un vestido de novia!
Tiembla mi corazón. Él está cerca…
Viene de prisa… Brilla una cancela gris.
Ahí brilla de nuevo… -Míralo.

-Pues yo, aburrido, no veo más que la valla
y más allá el reloj parado y sin sonido.
-¡Pero él entra en el patio…! Cruza el patio.
Siento sus pasos cerca. ¡Está llamándome!


2

UN TEMA DE PLATÓN

Quiere el alma encontrarse
y sufre si está sola.
Suspira con tristeza.
Llora y pena en silencio.

Tiembla entre sombras vanas
pues ve un mundo de Ideas.
Eros, el mago, viene
en un sueño, un deseo.

La toma en un momento.

Pero el alma solloza.

Sería un milagro nuevo
hallar su alma gemela.
Eros cruza en el aire,
tiende sus alas blancas.

Pero el sueño termina
y ella odia estos muros.
Susurra como huérfana:
“Encuéntrame, encuéntrame”.


3

EPITAFIO DE UNA CHICA DESCONOCIDA

Al mediodía, con la mano corté este brote fragante.
No quiso la ternura que el viento bochornoso traiga polvo al camino.
No te manchó la vida con vanidad, hija querida.
La Inmaculada se hizo para nosotros Madre Dolorosa.


4

ESTRELLA DE LA MAÑANA

Clara Madre de Dios,
no nos dejes, ayúdanos.
La vida pasa a oscuras
rodeada de enemigos.

Nube rosa, suave,
cruzas en el azul.
¡Espero desvelado
la paz! Dame silencio.

Baja tú de tan lejos
tu manto azul y dame
la alegría que no espero.
¿Hay rosas en mi pecho?

               *

María, clara mirada,
con tus ojos serenos,
míranos. Date prisa.
Tú iluminas el fuego.

En mi camino caen
los rayos tenebrosos.
Con esperanza, tímido,
ni levanto los ojos.

Tu melena dorada
abraza las estrellas.
A través de mis lágrimas
miro lejos, deliro.





Un poema inédito de Daniel Cotta Lobato

Daniel Cotta nació en Málaga en 1974. Es Licenciado en Filología Hispánica y ejerce como profesor de Lengua en un instituto de la provincia de Córdoba. En 2012 la editorial Funambulista publicó su novela Videojugarse la vida. Entre los años 2016 y 2017 vieron la luz tres libros suyos: Beethoven explicado para sordos (accésit del XXV Certamen de Poesía Rosalía de Castro de Córdoba), Alma inmortalmente enferma (De Torres Editores, Córdoba) y Como si nada (Colección DKV de Poesía, Jerez de la Frontera). En 2017 obtuvo el Premio de Narrativa Infantil y Juvenil Diputación de Córdoba por su novela El duende de los videojuegos y en 2018 publicó Verdugos de la media luna, su primera incursión en las lindes de la novela histórica.


Y una palabra tuya fue bastante
para sanarme. Me dijiste “pasa”
y me abriste en la puerta de tu casa
tu cuerpo candeal, tu piel sangrante.

¡Qué dulce fue el grial santificante
que hiciste en mí crecer como una brasa!
¡Qué cándida la harina de la masa
de amor con que me hiciste semejante

a Ti! ¡Con qué precioso plan divino
ligaste a tu grandeza nuestra estambre
plantando en nuestro pecho peregrino

el trigo de tu vid con tal raigambre!
Tú, que diste la sed, nos diste el vino.
Tú, por darnos el pan, nos diste el hambre.





Cuatro poemas inéditos 
de Harutyun Harutyunyan

Harutyun Harutyunyan nació en Acnachen, provincia de Echmiadzin, Armenia, en 1953. Es licenciado en filología de lengua armenia y pedagogía. Ha trabajado como profesor de instituto en su país natal. Ahora vive en Sevilla. Es autor de tres libros de poemas: Mosaico de amor, La lluvia en estación de trenes y El inolvidable recuerdo.


TÚ ERAS EL CAMPO

Tu alma guarda la luz
de los amaneceres de tu pueblo
pues todo lo mirabas con ojos de cristiano
y te diste a tu fe,
la misma fe que hacía florecer la tierra.
Papá, tuya era la siembra.
De niño nos contabas historias de la guerra.
No guardaste rencor y nos hablabas,
con amor, de esos héroes
que defendían la paz, la tierra y a sus gentes.
Así nos enseñaste a no rendirnos,
a tomar decisiones en momentos difíciles
y nunca sentir miedo
y a empezar desde cero si hace falta.
Así eras tú, y eso nos has dejado:
Caminar bien seguros y no rendirse nunca.


UN TROZO DE MI INFANCIA

La ciruela aún no era negra,
era parda como la tierra.
La tarde templada y translucida
iba a la oscura noche.
Papá, te levantas de la banqueta
para entrar en la casa.
Yo volvía de la calle
con las sandalias rotas,
las suelas desgastadas
de patinar sobre la arena.
Y no hacía ni dos días que me las regalaste.
Volvía sudado, sucio,
pero no te enfadabas
y en tus ojos brillaba la alegría,
me abrazabas
como si no me hubieras visto en muchos años.
Y ahora qué,
Cómo te las compones sin tu hijo
que despertó contigo
a fumigar las uvas
o que entraba en la granja
y contigo ponía agua y hierba a la vaca.
¡Qué difícil recuerdo y no tenerte al lado!


YA NO ESTÁS

Yo te he perdido a ti
y tú has perdido
los amaneceres del campo,
los ocasos tiernos,
las noches de terciopelo,
la brisa que llegaba
de las aguas del río,
la sombra de la casa,
la banqueta en que
el sol sentía contigo.

Las hojas del moral
Caen tiempo a tiempo
Hasta que viene
el viento y se las lleva.

En silencio se ahogan
las piedras de la casa.
Tomaste otro camino
que acaba en el lugar
de tu descanso eterno.


FIEL A LAS NOCHES Y A LOS DÍAS

En los que creo, no los olvido
como mi padre no olvidaba nunca
a aquellos que creyó.
Mi padre fue leal, un hombre que inspiraba confianza.
No podías ofrecerle algo distinto
de lo que ya tenía dentro del corazón.
Era un hombre de fe. Despreció las injurias.
Sabía beber vino
y era sabio en labranza de la tierra.
Nunca faltó a su fe, no sembró incertidumbre.
Su muerte llegó a las cinco de la madrugada en su cama
y fue tan silenciosa como se apaga la luz en la hoguera.
Nunca he visto una muerte tan noble.





Tres poemas inéditos de Pedro Sevilla

Pedro Sevilla Gómez (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1959) ha publicado los poemarios Y era la lluvia, amor (Barro, 1990), Septiembre negro (Renacimiento, 1992), Sendero luminoso (Cuadernos de la Moderna, 1994), La luz con el tiempo dentro (Renacimiento, 1996), Tierra leve (Renacimiento, 2003) y la antología Todo es para siempre (Renacimiento, 2009), a cargo de Enrique García-Máiquez. Asimismo, es autor de las novelas Extensión 114 (Quórum Libros, 2000), 1977 (Quórum Libros, 2002) y Los relojes nublados (Espuela de Plata, 2014) y del libro de memorias La fuente y la muerte (Renacimiento, 2011). Estos poemas inéditos han sido facilitados a Numen por el autor.


MATA DE POLEO

De tan pequeña que eres he debido buscarte,
guiado por tu olor, que es tu conducta,
entre ortigas y cardos espinosos.
Minúscula semilla de ti mismo
capaz de alzar un mundo con tu aroma,
me hueles desde niño a alacena muy honda,
me hueles a las manos de mi abuelo.
Y como tú, invisible, fragante flor moral,
es la poesía:
                       arrinconada
por los tenores huecos,
por la maleza fosca de las grandes discursos,
pero capaz de devolver a las palabras
sus olores primeros, su verdad más antigua.


LA CIGÜEÑA

Quién como tú, cigüeña:
en mañanas azules y tardes amarillas,
otear los océanos de trigo
desde el alto pretil del campanario.
Ser menestral, humilde,
y mientras surca el águila heráldicos blasones,
volar eternamente en las viñetas
de los libros de texto para niños.
Ser esa hermana buena, y desgarbada,
que sabe de latines y homilías,
y es simple y es católica…
y sobre todo fiel,
sin pasiones ningunas,
sin mirar a otros nidos ni a otros cuerpos
que abrasan y hacen daño.


EL TIEMPO

       Para L.

El tiempo, otra mentira.

O al menos es mentira su acordado transcurso,
la división en lejos, presente y porvenir
que imponen nuestras torpes maneras de sentirlo.

Cómo es, si no, posible
que el agujero negro de tu cuerpo,
tu belleza menuda e inconsciente,
con sólo entrar aquí, en esta casa
que se hunde
sin los ojos de madre que la alzaron,
haga tornar la rueda de los años  
y decore de azul tantas noches de angustia
de alcohol y de vergüenza entre sus pobres muros,

las llene de piedad, las vista de hermosura…





Tres poemas inéditos de Rafael Adolfo Téllez

Nació en Palma del Río en 1957. En 1984 ve la luz su primer libro de poemas, Si no regresas junto al portón oscuro. Después de publicar algunas plaquettes, editó en 1993 Quienes rondan la niebla. En 1994 aparece la selección antológica Horóscopo en la niebla. De 1996 es el poemario Los adioses y de 1998 la antología La rosa del mundo. En 2004 aparece Muertes y maravillas. Finalmente, la editorial Comares publica en la colección La Veleta, dirigida por Andrés Trapiello, sus poesías completas Los pasos lejanos (2007). También ha publicado numerosos poemas en diferentes revistas como Cuadernos Hispanoamericanos o Palimpsesto. Estos inéditos han sido facilitados expresamente por el autor para Númen.


CASA DEL CURA

El carro del agua solía llegar con sus mulos
y sus cántaros
al postigo de la vieja casa rectoral,
en los atardeceres de invierno.

Solía hacerlo a eso de las cinco,
tras doblar por el recodo
que hay en la calle Molinos.

Luego, eran las horas lentas
y el mismo, el mismísimo partido
de fútbol, bajo las moreras sabias y acogedoras
de la plaza.

Todas las tardes, las hermosas,
las inocentes, las anchurosas tardes.

Hasta que anochecía.
De lejos, se veían venir entonces por el cerro
las sombras
-como en procesión de ánimas-.

Mi abuela, a esa hora, en la cocina,
cerca de un candil donde titilaba el siglo entero
y de un gato adormilado
tenía la santa costumbre
de avivar con un soplillo de esparto
las ascuas de un brasero.

Se encendían entonces
una a una las estrellas sobre el pueblo.


CON GRUESOS TRONCOS SE ENCERRÓ EL VIEJO UBER...

Con gruesos troncos se encerró
el viejo Uber
en la casa del llano. Fue al final de sus días.
Ensimismado, solo, cruzó el umbral
como quien no aguarda otro invierno
aquí en la tierra.

Y a la luz de una vela,
trazó algunos signos, en un cuaderno
con manchas
de barro y humedad.

Le acompañan apenas
un jergón en el suelo, dos o tres
retratos, una vieja arca
y la lluvia que amó en la infancia
y canta alegre sin pedir nada
sobre techos y pedruscos.

Supo Uber, entonces,
que no fue dueño de otra cosa
que de esas piedras y esa lluvia


LO MIRO DEAMBULAR POR CALLEJAS OSCURAS...

“... magnolia que mojó la luna” (Homero Manzi)

Lo miro deambular por callejas oscuras
y detenerse ante el mostrador
de una taberna a beber.

¿Por qué no ha de beber
si amó mucho
y ahora busca, entre estas piedras,
la certeza de estar vivo?

Un hombre que en sus alforjas lleva sólo
haber amado tu piel,
magnolia que mojó la luna,
en este arrabal o en otro.

Tal vez en una ciudad distinta a ésta
en la que hay un río y tranvías sonámbulos
que cruzan en la noche
camino a no sé qué parte.
Es lento, mesurado, taciturno.

Y ya no sueña.
Ha escrito en su cuaderno
apenas unas cuantas sílabas,
las del adiós.





La canción de Noé, de G.K. Chesterton
(traducción de Jesús Beades)


OLD Noah he had an ostrich farm and fowls on the largest scale,
He ate his egg with a ladle in an egg-cup big as a pail,
And the soup he took was Elephant Soup and the fish he took was Whale,
But they all were small to the cellar he took when he set out to sail,
And Noah he often said to his wife when he sat down to dine,
“I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine.”
The cataract of the cliff of heaven fell blinding off the brink
As if it would wash the stars away as suds go down a sink,
The seven heavens came roaring down for the throats of hell to drink,
And Noah he cocked his eye and said, “It looks like rain, I think,
The water has drowned the Matterhorn as deep as a Mendip mine,
But I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine.”
But Noah he sinned, and we have sinned; on tipsy feet we trod,
Till a great big black teetotaller was sent to us for a rod,
And you can't get wine at a P.S.A., or chapel, or Eisteddfod,
For the Curse of Water has come again because of the wrath of God,
And water is on the Bishop's board and the Higher Thinker's shrine,
But I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine.


Noé tomaba huevos de avestruz como cena,
con su enorme cuchara como un cubo rellena,
y sopa de elefante; de segundo: ballena.
Pero el vino era más que toda la alhacena,
y a su esposa decía con un guiño felino:
“Que llueva cuanto quiera, mientras no moje el vino”.
Ya los acantilados del cielo se caían,
borrando las estrellas con su corriente fría.
Por el séptimo cielo, los infiernos abrían
su garganta sedienta. Noé sólo decía
“son cuatro gotas”. Casi no se ve ya el Cervino.
“Que llueva cuanto quiera, mientras no moje el vino”.
Noé pecó, y nosotros pecábamos, bebidos,
hasta que el Gran Abstemio la vida ha detenido.
Y ahora nadie nos vende una botella o dos.
Ha vuelto el agua sola por la ira de Dios
e inunda los palacios su curso repentino.
“Que llueva cuanto quiera, mientras no moje el vino”.






Monográfico

DE LO ESPIRITUAL 
EN EL ARTE

Queremos inaugurar esta revista cuatrimestral con un monográfico sobre lo espiritual en el arte, entendiendo por espiritual aquella faceta de lo humano que no es meramente corporal o sensitiva y que puede conectar con Dios. Ahora que lo espiritual se asocia más bien a un supermercado de la Nueva Era en un universo cerrado e inmanente con olor a sándalo y sonido de platillos indios, mostramos aquí a quienes desde la pintura, la poesía, la filosofía, la música, el cine, etc., conciben más bien un universo que no huele a cerrado sino que se abre a la trascendencia. En vez de la esfera, la cruz. 





Francisco Lorca

Hiram Barrios

Victoria Cirlot

Jesús Cotta

José Jiménez Lozano
Ángel Justo Estebaranz

Antonio Barnés