Las llamas de Notre Dame: vanguardia y tradición en la música


Hay cosas que los ojos guardan de por vida y son como un aldabonazo que marca un antes y un después, aunque en esos momentos no sepamos aún con certeza las consecuencias futuras de esos acontecimientos. Sirvan como ejemplo las torres gemelas del 11-S o Notre Dame en llamas en la reciente primavera parisina. La primavera siempre es reciente y está en el umbral del nacimiento. Pero el otoño -septiembre y más- es viejo y sañudo. Por eso no nos extraña que el atentado de las torres gemelas fue consecuencia del odio, que es viejo y frío como el infierno de Dante o el cálculo y la estadística en peso y número anónimo de víctimas.

Hay quien imagina la primavera como una jovencita pizpireta, coqueta, ensimismada; por eso tampoco nos extraña que las llamas de Notre Dame son consecuencia de un error humano, de la flaqueza o el atolondramiento ciego de un momento. Viendo aquellas llamas, inmediatamente pensé si estarían a salvo el órgano y los cantorales de la catedral. Porque el inicio, la primavera de la música europea, estaba allí, en lo que llamamos la Escuela de Notre Dame. Varias generaciones de músicos llevaron el canto desde la monodia gregoriana a la polifonía moderna. El desarrollo paralelo de varias líneas melódicas les obligó a construir los primeros conceptos de armonía. La construcción de la armonía es la misma proeza espiritual que la construcción de la catedral, y por eso resulta tan hermoso que las dos estén hermanadas. De esos músicos el más conocido es el maestro Perotin. Todos ellos en su momento fueron la vanguardia musical de Europa. Hoy habrá ignorantes que los consideren un pasado sin vigencia. Pero ellos nos enseñan que vanguardia y tradición no son términos absolutos, sino relativos: ambas son los frutos de un único árbol expuesto a todos los vientos del tiempo. Todo el devenir del arte musical es lo que musita el viento en las ramas de un hombre.

Pocos músicos de verdad se declaran absolutistas, convencidos de que la vanguardia es el único camino con futuro; pocos también creen que sólo la tradición armónica nos toca el corazón. Estos artistas de lo Absoluto tienen un punto chocante y hasta ridículo. Ah, esos viejos vanguardistas que aún visten de boy scout explorador o de mandarín de las artes que nos dicen “transgresión, transgresión, transgresión”, que es también un modo de repetir lo mismo. Ah, esos jóvenes que han perdido de golpe la juventud nos dirán “lo que no es tradición es plagio”, ajustándose las gafas sobre el bigotito miope.

Los alcornoques son árboles de raíces hondas y muy firmes, y tienden a pensar que el viento no existe (son los alcornoques tradicionalistas) o que sólo existen el viento cambiante (y son los alcornoques vanguardistas). Lo curioso es que el debate entre vanguardia y tradición -es decir, de términos inamovibles, absolutos- tiene especial virulencia en la poesía y la música que son las artes temporales, relativas, por excelencia.

Pero no nos alejemos de la isla de san Luis, en medio de El Sena, donde -por fortuna- se alza Notre Dame. Todas esas generaciones de músicos nos enseñan que la tradición no es algo que tiene que ver con el pasado (que no existe) ni tampoco con el futuro (que es una conjetura), sino que existe en el único ahora que se le regala al hombre. La hermosura es siempre reciente, vivísima, actual. Nos conmueve y, como una madre, nos enseña y nos nutre. El cincuentón en shorts y el joven de bigotito miope acaso han olvidado esta verdad sencilla: la hermosura transita por todos los tiempos, porque, siendo ella tiempo, lleva en su adentro una gota de eternidad

El tradicionalista piensa que el tiempo quizá no existe y el vanguardista que sólo existe el tiempo, el cambio, y que ambos son infinitos. El tradicionalista imagina una cápsula de tiempo inmóvil. El vanguardista imagina un futuro de naipes que una mano azarosa baraja sin fin. Sólo la voluntad de cambio, de transgresión marca el sentido de la historia. Ni el traje de explorador de las transgresiones nos puede distraer de que, si el tiempo es infinito, sólo nos producirá angustia. Dante camina detrás de Virgilio que le guía en el Infierno. Por un camino cruzan junto a un arco derruido en el suelo. Virgilio apostilla: estas piedras se derrumbaron hace veinte mil trescientos catorce años y seis meses. Virgilio le muestra el tiempo infinito por donde deambulan. Ni todas las transgresiones imaginables por las vanguardias nos van a distraer de ese malestar en blanco, abarrotado de ruido, que acaso es su fruto inevitable, pavoroso y último.

Desde luego que un artista necesita transgredir, ser libre para que oigamos nuevas sonoridades. Es decir, destruye una parte para construir un todo. Pero si la única existencia posible de la música es la transgresión por la transgresión… Las gárgolas están en los tejados de las catedrales, y son la parte diabólica -diabolus in música lo llamaban- de la hermosura hecha piedra. Deconstruyamos, transgredamos… el tiempo es infinito y nosotros sus paladines en la batalla… Cuando no quede piedra sobre piedra de las catedrales, entonces las gárgolas pasearán por nuestras calles. ¡Que Virgilio nos guíe como al Dante!

José Julio Cabanillas





PRESENTE Y FUTUROS 
DE LA TRADICIÓN

La naturaleza humana consiste en una vida dotada de logos o en un logos dotado de vida. La tradición tiene mucho que ver con ella: nos transmite como algo precioso el modo cultural en que los que nos han hecho posibles han ido desplegando antes de nosotros esa naturaleza híbrida tan única en el cosmos. Sin embargo, con el progresivo desarrollo de la Ilustración, los grandes referentes tradicionales (religión, tradición y naturaleza) han sido sustituidas por los de ciencia, progreso y autonomía individual: las trillizas de la razón frente las trillizas del miedo, lo irracional, la neofobia. En el presente monográfico hacemos balance de las consecuencias del abandono de la tradición y de su necesaria reevaluación como pauta de diálogo entre generaciones.


Jesús Cotta

Raimon Arola

José Luis Trullo

Miguel d'Ors

José Julio Cabanillas
Antonio Rivero Taravillo:

Javier Recas